Los precios de los alimentos han aumentado de forma espectacular. ¿Cuáles son las principales consecuencias de esta subida?
La demanda mundial de alimentos ha desbordado al suministro. El problema tiene múltiples causas. En primer lugar la producción es muy baja en África y en otras regiones pobres del mundo. Un segundo motivo habrían sido los cambios climáticos en Australia, Europa y otras áreas de cultivo de cereales. Como tercera causa, parte de lo producido se ha desviado a la fabricación de biofuel. Y cuarto, por el bajo nivel de los inventarios realizados. Así que cuando subió la demanda en todo el mundo, no existían reservas disponibles de grano; el margen ya era muy estrecho, y eso hizo que subieran los precios. Por otro lado, las barreras comerciales establecidas por los países exportadores de alimentos para evitar que los precios subieran en su territorio han provocado una subida de los precios que aún es más acusada en los países importadores.
Pero en términos generales, el reto surge del hecho de que la demanda haya experimentado un acusado aumento, mientras que no ha ocurrido igual con el suministro.
El Secretario General de la ONU ha declarado que el alza de los precios de los alimentos supone un obstáculo en el camino hacia el Objetivos del Milenio referente a la reducción de la pobreza. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?
Por supuesto. La prioridad es elevar la producción en las regiones pobres, muchas de las cuales -y me refiero sobre todo a África- registran niveles de producción que suponen la mitad o un tercio de su capacidad productiva. El problema es que los agricultores son tan pobres que no pueden acceder a semillas de calidad, ni a fertilizantes; tampoco pueden permitirse sistemas de regadío. Por eso creo que para superar esta crisis tenemos que apoyar la financiación de suministros a los agricultores, lo que acarrearía un aumento de la producción y una bajada de precios, y también contribuiría a resolver esta situación de crisis.
¿Qué puede hacer Europa para ayudar a superar la crisis?
Lo más relevante que puede hacer es proporcionar ayuda financiera urgente a los países pobres para que puedan aumentar su nivel de producción. En mi opinión, ese debería ser el primer paso. Por ejemplo, cuando Malaui instauró un programa para que todas las explotaciones agrícolas del país tuvieran acceso a fertilizantes y semillas de calidad, en poco tiempo se dobló la producción de alimentos por temporada, algo que se ha mantenido desde entonces. Ese tipo de programas tienen un coste de financiación, porque el gobierno garantiza a los agricultores productos básicos a bajo precio; ahí es donde Europa podría ayudar a África. Creo que este paso sería primordial.
Una segunda medida, que aunque no es tan urgente tendía la misma utilidad, sería reconsiderar la política relacionada con el biofuel para promover sólo los tipos de biocombustibles que no entren en colisión con el suministro de alimentos, o con tierras de cultivo de alimentos.
¿Pueden los ciudadanos contribuir a paliar la crisis alimenticia?
Creo que a corto plazo son los programas gubernamentales los que tienen que trabajar por aumentar la seguridad del suministro en los países pobres. Con el tiempo, nuestro modo de vida y nuestros hábitos alimenticios también tendrán algo que ver. Todo el mundo sabe que hacen falta ocho kilos de grano para producir un kilo de carne; así que la dependencia de la carne en nuestras dietas ejercemos una gran presión sobre el sistema. Las dietas saludables, con menos carne y más vegetales y pescado, podrían ser positivas asimismo para el planeta; pero en el momento más inmediato, el papel que podemos desempeñar es decir a nuestros gobiernos que no queremos que la política desatienda las necesidades urgentes de mil millones de personas hambrientas. Que queremos que Europa, Estados Unidos y otros gobiernos ayuden a los agricultores de los países pobres a aumentar el nivel de producción, para que la crisis no persista.