Discurso de investidura del Presidente del Parlamento Europeo Martin Schulz
Señoras y señores, estimados colegas:
Les doy las gracias por este resultado abrumador.
Para la mayoría de ustedes, hasta la votación de hoy, he sido en esta Cámara el presidente de un grupo político diferente al suyo. Por eso, es un gran honor para mí la extraordinaria confianza que hoy me brindan. ¡Voy a trabajar con todo mi empeño para no defraudar su confianza y para que la voz de este Parlamento se oiga alta y clara!
Me propongo ejercer mis funciones como Presidente del Parlamento de tal manera que aquéllos y aquéllas que hoy me han elegido se reafirmen en su decisión y también para que quienes que no me han elegido se sorprendan positivamente.
¡Seré el presidente de todos y de todas, y defenderé los derechos de todos los diputados!
Permítanme expresar mi gratitud al Presidente Buzek. ¡Ha sido usted el primer presidente de una institución de la UE procedente de los movimientos de liberación de Europa del Este, y ha simbolizado, por tanto, el triunfo de la democracia!
Asumo la presidencia de esta Cámara con humildad. Europa atraviesa tiempos turbulentos. Son momentos difíciles para muchas personas en Europa. Mis padres pertenecían todavía a una generación empeñada en que sus hijos pudieran vivir mejor que ellos. ¡Y nosotros vivimos mejor que nuestros padres! Pero ya no tenemos la certeza de que a nuestros hijos e hijas les irá siquiera tan bien como a nosotros. Como consecuencia de la crisis económica, en muchos países ha aumentado la pobreza y el desempleo ha alcanzado dimensiones dramáticas, especialmente entre los jóvenes. Los jóvenes protestan en las calles de Europa contra un sistema económico en el que unos pocos se embolsan los beneficios mientras las pérdidas se endosan a la colectividad; un sistema en el que unas anónimas agencias de calificación en Nueva York parecen más poderosas que los gobiernos y los parlamentos elegidos democráticamente. Esta crisis de confianza en la política y en sus instituciones amenaza también la confianza en la construcción europea. Son muchos los que siguen nuestro trabajo con recelo; muchos y muchas quienes no están convencidos de que lo que aquí hacemos es lo que más conviene. Debemos ser conscientes de que en Europa la ciudadanía está mucho menos preocupada por los debates institucionales que por el futuro de sus hijos, por sus puestos de trabajo, por sus pensiones o por la justicia social. A la ciudadanía le preocupa también la salubridad de los alimentos y del medio ambiente. ¡Y lo menos que podemos hacer es prestarles más atención!
Pues el lugar donde se representan los intereses de los ciudadanos y las ciudadanas es éste. Aquí están los escaños de los representantes del Pueblo europeo. Por eso declaro que la ciudadanía que nos ha brindado su confianza en unas elecciones directas espera que luchemos por su causa. Sé bien —y estoy orgulloso de ello— que todos ustedes, en esta Cámara, se sienten abogados de la ciudadanía. Por ello quiero expresarles mi agradecimiento.
Por primera vez desde su creación, se baraja como una hipótesis real el fracaso de la Unión Europea. Desde hace meses, la Unión se precipita de una cumbre a otra cumbre para hacer frente a la crisis. Los Jefes de Gobierno adoptan a puerta cerrada decisiones que nos afectan a todos y a todas. Considero que esta forma de proceder representa el retroceso a un estado de la política europea que creíamos totalmente superado: a una situación que recuerda los tiempos del Congreso de Viena, en el siglo XIX. La divisa de aquel tiempo consistía en imponer los intereses nacionales, sin contemplaciones y sin control democrático.
Por el contrario, la Europa surgida tras la guerra se basa en la lúcida constatación de que nuestros intereses ya no pueden separarse de los de nuestros vecinos; en la comprensión de que la UE no es simplemente un juego de suma cero, en el que uno tiene que perder para que el otro gane. Es exactamente lo contrario: o perdemos todos o ganamos todos. Y la norma elemental es el método comunitario. ¡No se trata de un término técnico, sino del alma misma de la Unión Europea!
¿Qué significa esto en la práctica? Significa resolver los conflictos mediante el diálogo y el consenso. En lugar de imponer el derecho del más fuerte, apostar por la solidaridad y la democracia. Gestionar el equilibrio de intereses entre Estados pequeños y grandes, entre el Norte y el Sur, entre el Este y el Oeste. Y situar el interés general por encima de los intereses particulares.
Este proyecto comunitario, que durante muchas décadas fue una empresa tan natural como exitosa, se ha visto alterado.
En los dos últimos años no solo ha cambiado la percepción de los problemas, sino también el método para abordarlos. Pues la fijación del proceso decisorio en cumbres y el exceso de reuniones de Jefes de Gobierno excluyen en gran medida a la única institución de la Unión elegida directamente —esto es, al Parlamento Europeo— de los procesos de toma de decisiones. En la práctica, también los representantes nacionales quedan degradados a la simple función de agentes subsidiarios, ya que se les permite como mucho asentir desde lejos a los acuerdos gubernamentales adoptados «en petit comité» en Bruselas.
El resultado de esta política, insuficientemente legitimada a nivel parlamentario, es percibido por la ciudadanía como un dictado de Bruselas. Y el precio lo paga la Unión Europea en su conjunto: éste es el caldo de cultivo de los resentimientos antieuropeos.
¡Pero el Parlamento Europeo no asistirá impasible a ese proceso!
¡Quien crea que se puede construir más Europa reduciendo la democracia parlamentaria encontrará en mí un adversario!
El acuerdo intergubernamental sobre una nueva unión fiscal es la primera prueba. Durante las negociaciones, los representantes de nuestro Parlamento se han batido para que la disciplina presupuestaria vaya acompañada de crecimiento y de creación de empleo, aunque por ahora han perdido la batalla. ¡Y sin embargo éste es precisamente el razonable equilibrio que esperan nuestros ciudadanos y nuestras ciudadanas! ¡Por eso es tan importante que estemos presentes en la mesa de negociación de las cumbres europeas!
Europa es una comunidad de valores. Exigimos de los candidatos a la adhesión el estricto cumplimiento de los criterios de Copenhague. Esta Cámara debe velar por el respeto y la aplicación real de la democracia y de los derechos y libertades fundamentales también en los Estados miembros, porque esto debería ser lo natural. Quien vulnere los valores de nuestra Carta de los Derechos Fundamentales se encontrará de frente con la Eurocámara. Es la obligación de todos y todas en este Parlamento.
Considero que, como presidente del Parlamento —una de las tres principales Instituciones de la UE—, debo oponerme a esa tendencia a decidir en cumbres y renacionalizar las políticas. Me propongo contribuir a la visibilidad y al eco del Parlamento como foro de la democracia y espacio para un verdadero debate con opiniones encontradas sobre la dirección que debe tomar la política de la UE. ¡Tenemos que lograr que nuestras palabras lleguen más lejos!
La negociación en pie de igualdad con el Consejo revestirá una importancia especial, tanto si se trata de las perspectivas financieras como de la reforma de la agricultura, la pesca o la política regional, de la lucha contra el cambio climático, de la legislación sobre los mercados financieros, de la justicia y los asuntos de interior o de la política comercial.
El Tratado de Lisboa está en vigor desde hace dos años, y estamos todavía muy lejos de agotar todas las posibilidades que el texto nos brinda en nuestra condición de representantes elegidos y elegidas democráticamente. Nuestro objetivo común debe centrarse en ejercer nuestras competencias reales, aunque en ocasiones esto suponga un conflicto. Reforzar la visibilidad del Parlamento pasa por adoptar un punto de vista crítico respecto a los acuerdos en primera lectura.
Pero todo esto solo funcionará si también mantenemos en orden nuestra propia casa. Con el apoyo de nuestra administración, trataré de que los órganos parlamentarios y todos los diputados y diputadas dispongan del marco necesario para ejercer de forma óptima su labor legislativa.
No seré un presidente cómodo, sino un presidente que exigirá, cuando sea necesario, el respeto que el Ejecutivo debe al Parlamento; un presidente que defenderá los intereses de la ciudadanía si se ven amenazados. ¡Un presidente que representará a diputadas y diputados fuertes y comprometidos con las preocupaciones de sus ciudadanos! ¡Un presidente que lo dará todo por recuperar la confianza perdida de la ciudadanía en el proceso de unificación europea y por despertar de nuevo el entusiasmo por Europa!
Señoras y señores diputados:
Muchas personas arriesgan sus vidas, y demasiadas la han perdido, por el derecho a elegir a sus representantes y por los principios de la democracia parlamentaria.
El primer presidente elegido libremente de la Asamblea Constituyente de Túnez, Mustapha Ben Jaffa -junto a sus colegas que están adquiriendo ahora la primera experiencia parlamentaria-, dirige su mirada, ante todo, a los parlamentos en Europa y al Parlamento Europeo. En Libia, donde un déspota libró una guerra contra su propio pueblo, la UE fue la primera en abrir una embajada, alimentando así la esperanza de una población que se encontraba en una situación complicada. En la entrega del Premio Sájarov, una joven y valiente bloguera y un heroico oponente de Gadafi nos conmovieron con su fascinación por los valores europeos. En Oriente Próximo, nos preguntan una y otra vez cómo ha sido posible que, en Europa, los antiguos enemigos sean ahora amigos, y cómo hemos conseguido superar las diferencias nacionales, religiosas e ideológicas para construir esta Europa unida. Cuanto más se aleja uno de Europa, más elogios escucha sobre ella.
¡Trabajemos juntos para que renazca en Europa el entusiasmo por el proyecto común!
Europa es una idea fascinante. Una idea surgida en la segunda mitad del siglo XX como respuesta a la primera mitad de ese siglo. ¿Cómo era la Europa de la primera mitad del siglo XX? Imperaban el odio, la presión de las grandes potencias, el rechazo al otro, el desprecio por la vida humana, las trincheras de la Primera Guerra Mundial y los gulags de Stalin. Las cámaras de gas de Auschwitz como el punto más bajo en la historia de nuestra civilización. En la segunda mitad del siglo XX, la unificación europea y las instituciones comunes han brindado a Europa el período de paz y prosperidad más largo de su historia. En 1989 cayó el telón de acero. Luego se reunificó Alemania. En 2004 y 2007, antiguos países del Pacto de Varsovia ingresaron en la UE y restablecieron la unidad cultural y política de este continente dividido artificialmente durante 40 años. ¡Ésta es la historia del éxito de un proyecto! ¿Por qué hemos perdido la capacidad de enorgullecernos? ¿Por qué permitimos que se menosprecie este logro, único en la historia?
Señoras y señores:
Mi abuelo luchó en la Primera Guerra Mundial. 20 años más tarde, mi padre combatió en una guerra durante la cual el régimen criminal de Hitler sumió al mundo en sangre y fuego. Yo crecí en una ciudad situada en la frontera de tres países, donde la gente tenía que esperar largas colas en la aduana para visitar a sus vecinos en Bélgica y en los Países Bajos.
Hemos superado la guerra y el hambre. Hemos abierto las fronteras. Hemos desechado el racismo y la xenofobia. Vivimos hoy en una Europa libre y abierta. Una Europa orgullosa de su diversidad cultural.
¡Preparemos ahora a esta Europa para el siglo XXI! Para que vuelva a ser, también para las jóvenes generaciones, la promesa de una patria europea económicamente fuerte, socialmente justa, libre y democrática.
Muchas gracias por su atención.