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Discurso del presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani - Celebraciones con motivo del sexagésimo aniversario de la firma de los Tratados de Roma

Internal Policies and EU Institutions
Roma
25-03-2017

 

Hoy celebramos una gran historia de libertad.

El afán de libertad nos hizo resurgir de las cenizas de la guerra.

Una libertad reconquistada a un alto precio. También gracias a quienes, del otro lado de los océanos, vinieron a sacrificarse por nosotros.

Con nuestra laboriosidad, y la ayuda del Plan Marshall, recuperamos la libertad del trabajo, de poder reconstruir nuestro futuro, nuestros hogares.

La libertad constituye la base del gran espacio económico diseñado en los Tratados que hoy celebramos.

En esta sala, el 25 de marzo de 1957, comenzó nuestra gran aventura. Juntos, sentados entorno a la misma mesa, trabajamos con tesón para salir de la trampa de los nacionalismos.

Quienes estuvieron aquí ese día habían vivido los horrores y la ruina provocados —en dos ocasiones en pocos decenios— por nuestros enfrentamientos nacionales. El sueño de una Europa unida representaba la senda para dejar atrás la pesadilla de la guerra para siempre.

Desde la declaración de Schuman, el 9 de mayo de 1950, Monnet, De Gasperi, Adenauer, Spinelli, Spaak, Martino y tantos otros sabían que no sería empresa fácil.

En 1954 se desvaneció la esperanza de poder realizar una unión política a partir de una defensa europea.

Nos detuvimos en muchas más ocasiones. Pero tras la desilusión y el desaliento, siempre volvían las ganas de reanudar el camino.

Gracias a la confianza, la solidaridad, poniéndonos los unos en el lugar de los otros, conseguimos superar las dificultades, los recelos, las incomprensiones. Conseguimos abatir obstáculos, barreras, fronteras, burocracias nacionales.

Juntos hemos trabajado por un mundo más abierto y próspero, con más derechos. Hemos contribuido a que salieran de las tinieblas de las dictaduras muchos países de nuestro continente.

Aquellos que han vivido la falta de libertad en nuestro continente saben que nuestra Unión es una valiosa conquista, que nunca hay que dar por supuesto.

Debemos sentirnos orgullosos del legado que dejamos a nuestros hijos: la libertad de viajar, estudiar, trabajar, emprender, innovar.

Nuestra vocación de apertura, de intercambio, tiene profundas raíces.

Nuestra historia comienza en las islas, a la orilla del mar, a lo largo de los ríos. Siglos de intercambios, mosaico de pensamientos, dialéctica de ideas, de arte, de ciencia. Comerciantes de Creta, artesanos de Etruria, filósofos y dramaturgos de Atenas, juristas e ingenieros de Roma.

Las abadías y los monasterios transmitieron nuestro saber. Las grandes universidades europeas y los burgos alimentaron un nuevo humanismo.

La energía del Renacimiento nos abrió la puerta a nuevos intercambios comerciales y descubrimientos, a las finanzas, a la manufactura, con grandes mecenas que invirtieron en arte y cultura.

Nuestros artistas, literatos, filósofos y científicos se inspiraron recíprocamente: Caravaggio y Rembrandt, Vivaldi y Bach, Shakespeare y Molière comparten un legado común.

Con nuestra Unión hemos recreado un nuevo renacimiento europeo. Un vasto espacio de encuentro e intercambio centrado en la dignidad y libertad humanas.

Brinda oportunidades para todos. Desde 1960 hasta hoy, nuestro PIB per cápita ha crecido más de un 33 % en comparación con los Estados Unidos.

Garantizando la libertad en el mayor espacio económico del mundo, se han creado millones de puestos de trabajo. Con la política de cohesión hemos trabajado para que nadie quedara a la zaga.

Debemos culminar esta gran obra, liberando todo el potencial que queda por sacar a la luz, con el mercado digital, del crédito, de la energía. Y no olvidarnos nunca de cuál hubiera sido el coste, no solo económico, de la no Europa.

No nos hemos cansado de nuestra Europa. Pero queremos que funcione mejor. Se han cometido tantos errores.

Nuestra Unión sigue incompleta, a menudo distante de los problemas, dividida, ineficaz, demasiado burocrática.

En mi calidad de presidente del Parlamento, la única institución elegida directamente por los europeos, me preocupa la creciente desafección que esto provoca en muchos ciudadanos.

No podemos reanudar el camino sin acercar Europa a la gente. Es la prioridad de mi mandato.

Un lavado de cara no basta. Tiene que haber transformaciones profundas. Instrumentos que de verdad den respuesta a la angustia de quien no encuentra trabajo, de los jóvenes que no pueden proyectar su futuro. De los que se sienten amenazados por el terrorismo, la inmigración ilegal. De los que nos piden que afirmemos con fuerza, fuera y dentro de nuestros confines, los valores con los que nos identificamos.

Una Europa más concreta, la Europa de los hechos.

Por este motivo, hoy no es momento de caer en la autocomplacencia, de otra celebración retórica. La Declaración que estamos a punto de firmar representa un compromiso político concreto con nuestros ciudadanos, suscrito por los 27 Estados miembros y los máximos responsables de las instituciones de la Unión.

El compromiso del Parlamento Europeo será asegurar que esta voluntad no se quede en papel mojado.

Hemos de dar un nuevo impulso al crecimiento, atraer inversiones, crear empleo, hacer que Europa sea más justa y más amiga de las empresas.

Una moneda común debe ir de la mano de una convergencia real, con reformas comunes. Un auténtico gobierno de la economía.

Además del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, hace falta un Pacto generacional. No podemos dejar a los jóvenes unas deudas inasumibles y unas economías ineficientes que dificulten la creación de empleo. Debemos garantizarles también a ellos una economía social de mercado.

Necesitamos normas y procedimientos más sencillos. No debemos perdernos en los detalles.

Por el contrario, debemos concentrarnos en los grandes retos mundiales: política exterior, defensa, comercio, lucha contra el cambio climático.

Para gobernar un mundo en el que la innovación y las tecnologías digitales echan por tierra fronteras y barreras, los Estados no pueden no coordinarse. Solo gracias a los 500 millones de consumidores europeos podemos defender nuestros intereses en el mundo. Conseguir que se reconozcan los derechos de propiedad, hacer valer nuestros estándares de seguridad, sociales, medioambientales, tecnológicos.

Ningún Estado europeo tiene fuerza por sí solo para negociar con los Estados Unidos, China, Rusia o la India. Solamente juntos podremos ejercer realmente nuestra soberanía.

Hemos de seguir fomentando mercados más abiertos, poniendo fin a la competencia desleal. Al igual que nuestro mercado interno, el mundial ha de garantizar la libertad dentro de las normas, no convertirse en una jungla.

Hoy, en esta sala, también debemos volver a poner en marcha el gran proyecto de una defensa común. Es la mejor manera de rendir un homenaje concreto a nuestros padres fundadores.

El miércoles, en Londres, se produjo un atentado terrorista delante del Parlamento británico. El mismo día conmemorábamos a las víctimas de los atentados en el corazón de nuestra Europa. En Bruselas, París, Berlín, Niza.

Para proteger a nuestros ciudadanos es indispensable que haya más confianza recíproca. Nuestros servicios de inteligencia, los jueces y la policía deben intercambiar información y trabajar juntos.

Asimismo, para controlar nuestras fronteras, hemos de reforzar la Guardia de Fronteras y Costas europea.

Juntos, haciendo gala de solidaridad, hemos de hacer más eficaz el derecho de asilo, con una profunda reforma del Reglamento de Dublín. Debemos ser tan rigurosos a la hora de acoger a quien realmente tiene derecho al asilo como al rechazar la inmigración ilegal.

Para regular un fenómeno de proporciones históricas, es necesaria una estrategia común centrada en el desarrollo de África. Una diplomacia económica sólida.

Para hacer frente seriamente a estos desafíos, hoy más que nunca, es necesaria la unidad europea. No podemos quedarnos a medio camino. Hay que cambiar Europa, no destruirla.

Hoy es un día de fiesta, de orgullo europeo. Somos el faro del mundo en cuanto a protección de derechos, el único continente del mundo sin pena de muerte.

Somos mucho más que un mercado o una moneda. Nuestros confines y nuestra identidad son exponentes de estos ideales de libertad, de prosperidad, de paz.

Pero hemos de reflexionar sobre nuestros errores, cambiar la imagen de una Europa abstracta, poco eficaz. Es la única manera de que nuestros jóvenes vuelvan a sentirse partícipes de un gran proyecto. Haciendo que vuelvan a soñar con una Europa y un mundo mejores.

Para mayor información

europarl.president.press@europarl.europa.eu