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 Texto íntegro 
Acta literal de los debates
Martes 5 de julio de 2005 - Estrasburgo Edición DO

22. Sesión solemne - Italia
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  El Presidente. Señor Ciampi, queridos colegas, tenemos hoy el honor y el privilegio de acoger en nuestro hemiciclo al Presidente de la República Italiana, Carlo Azeglio Ciampi.

Todos conocemos y recordamos en él al brillante Gobernador del Banco de Italia, al Primer Ministro que tuvo que hacer frente a momentos difíciles en el sistema político italiano, al hábil y tenaz Ministro de Hacienda en los Gobiernos Prodi y D'Alema y, hoy, al Presidente de la República querido por todos los italianos.

Creo que en estos momentos especialmente difíciles para Europa, es bueno recordar que el Presidente Ciampi fue el ministro que contribuyó de modo determinante a la entrada de Italia en el euro, y es bueno recordarlo en estos momentos, cuando aparecen algunas voces que consideran al euro como un incómodo corsé en vez de como un instrumento fundamental para la prosperidad y la estabilidad económica.

La primera vez que tuve ocasión de conocer personalmente al Presidente Ciampi fue en octubre pasado, en Roma, con ocasión de la firma del Tratado Constitucional. Su personalidad, señor Presidente, y sus posiciones sobre la construcción europea me impresionaron entonces profundamente. Ya conocía al político, pero en Roma tuve ocasión de conocer a la persona que con lúcida pasión siempre ha luchado en favor de la construcción de una Europa garante de la paz, de la democracia y del desarrollo económico y social.

Señoras y señores diputados, estamos ante un hombre que ha recordado permanentemente como quedó Europa al final de la Segunda Guerra Mundial y que ha visto realizarse el sueño de los que entonces supieron sentar las bases de la Europa que tenemos hoy: una Europa que, a los ojos de muchos, sobre todo de las nuevas generaciones, aparece como una evidencia que no necesita movilizar las voluntades para existir y para seguir avanzando. Nosotros, parlamentarios europeos, sabemos que no es así, que Europa no se hace sola, que la paz no es segura, la paz nunca es segura y, desde luego, no lo sería sin el éxito que ha sido el proyecto europeo.

La Europa que tenemos no es un accidente de la historia, no es una casualidad, ni está escrita en la dinámica de los astros, es una necesidad que exige mucho esfuerzo para hacerla realidad. Es necesaria pero, para hacerla real, es necesario el esfuerzo de muchos, el de usted, señor Presidente, y el de todos nosotros. Es el fruto de una lenta elaboración que se construye «haciendo camino al andar», que implica compromisos, entusiasmos y, a veces, desilusiones.

El Presidente Ciampi acude hoy al Parlamento Europeo en un momento en el que se vive un cierto desencanto. Él nos ayudará a entender por qué, porque él sabe bien que Europa fue un sueño hecho de paz y cooperación. Ese sueño es hoy realidad y, por eso mismo, ya no hace soñar, ha perdido su capacidad de ensoñación. Hace falta encontrar nuevos elementos, nuevos ideales compartidos por todos, no los mismos que hace unas cuantas décadas, para hacer que Europa vuelva a entusiasmar, a hacer soñar, a desear que la necesidad se convierta en realidad. Creo que la presencia del señor Ciampi se inscribe perfectamente en este debate sobre el futuro de Europa al que hoy él, aquí, da simbólicamente inicio. Así es como creo que hay que interpretar su presencia en el Parlamento Europeo, porque quizás nos haga falta crear entre todos una nueva joven Europa, a la manera de Giuseppe Mazzini, y recordar este año, en el bicentenario de su nacimiento, su idea de que la democracia y la libertad unen a los hombres independientemente de la latitud en la que vivan.

Señor Presidente, todos estamos seguros de que su visita, su ejemplo y sus palabras nos serán de gran ayuda en la difícil encrucijada en la que se encuentra hoy Europa, para dar un paso más al frente en la construcción de una Europa capaz de garantizar no solo la paz y la cooperación, sino también la prosperidad y la seguridad, capaz de hacer en el resto del mundo lo que ha hecho con ella misma: crear una sociedad basada en el respeto de la diversidad, en la integración de las diferencias y en la construcción de una identidad común.

Señor Ciampi, el Parlamento Europeo se honra en acogerle y yo en darle la palabra.

(Aplausos)

 
  
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  Carlo Azeglio Ciampi, Presidente de la República Italiana. (IT) Señor Presidente, Señorías, agradezco su calurosa bienvenida y doy las gracias especialmente al señor Presidente por las cordiales palabras con las que me ha presentado.

Es para mí un gran honor hablar en el foro más distinguido de la democracia europea para que se escuche la voz de la República Italiana en el corazón del sistema constitucional de la Unión. Utilizo conscientemente el adjetivo «constitucional», ya que se trata del sistema jurídico que hemos construido juntos durante 50 años, tratado tras tratado.

La Unión Europea no es ni puede ser exclusivamente una zona económica de libre comercio.

(Aplausos)

Es sobre todo, y lo ha sido desde sus comienzos, una estructura política, una tierra de derechos, una realidad constitucional que no contradice a nuestras queridas constituciones nacionales, sino que las conecta y las completa. Supone una estructura política que no rechaza la identidad de nuestros Estados nacionales, sino que los fortalece ante desafíos de gran calado en un horizonte cada vez más amplio. Es una tierra de derechos, a la que cada habitante de este planeta puede mirar con la confianza de que aquí, más que en ninguna otra parte, se respetan los valores de los derechos humanos. La ambiciosa definición de la Unión según el Tratado Constitucional es legítima: «un espacio privilegiado para la esperanza humana».

A partir de esta postura, todos debemos avanzar juntos, ya sean los 11 Estados miembros que, como Italia, ya han ratificado el Tratado constitucional, ya sean los Estados miembros que aún tienen que hacerlo o los dos Estados que lo han rechazado. Un marco institucional único nos une irreversiblemente. Ya es lo suficientemente fuerte para permitirnos llevar a cabo muchas cosas para nuestros ciudadanos, a fin de volver a ganar el consenso popular en torno al Tratado, que ha faltado en muchos países, y para fortalecer nuestras instituciones, que hemos heredado de un pasado lleno de éxitos.

Precisamente porque ya somos un organismo político y constitucional, podemos evaluar de forma realista el significado del rechazo registrado en dos países vinculados desde el principio al proyecto europeo. Tan solo hace unos meses, con ocasión de la firma oficial en Roma del Tratado constitucional por parte de los 25 Gobiernos de la Unión, el proyecto único gozaba de la aprobación general. En ese corto período de unos meses se extendió el temor de que los ciudadanos quedaran excluidos de decisiones vitales en relación con su futuro y se acentuó la preocupación por la falta de crecimiento económico. No obstante, ¿es realmente legítimo interpretar el resultado de los referendos como un rechazo de la unidad europea? ¿Es legítimo caer en la tentación de desafiar completamente el propio proyecto de los padres fundadores?

Si levantamos la mirada, el Tratado de Roma de octubre de 2004 parece ser más bien el chivo expiatorio de una inquietud general que no guarda tanta relación con el orden institucional como con las políticas gubernamentales de la Unión. Incluso apreciamos una paradoja. La insistencia en una recuperación política de la Unión, que es más urgente que las reformas institucionales igualmente necesarias, da testimonio de la conciencia del destino común en que realmente se basa una Constitución. Por este motivo, tenemos que pensar ahora en las políticas de la Unión para el futuro, sin abandonar de todas formas el diseño constitucional esbozado por la laboriosa Convención.

¿Qué exige urgentemente el futuro de nuestra Europa? Sobre todo, para citar a Ortega y Gasset, exige que la espina dorsal de la Unión se componga de medidas de cohesión política, física y social.

El principio fundamental de la subsidiariedad se debe interpretar como un principio de cohesión política, que permite la participación de abajo arriba en la toma de decisiones de la Comunidad, empezando por los miles y miles de ayuntamientos de nuestra Unión. La Unión Europea debe existir partiendo de esos niveles.

Europa también necesita cohesión física, estructuras de transporte y comunicación, que unan más a los europeos respetando al mismo tiempo el medio ambiente y el campo.

Por último, Europa, que inventó el Estado del bienestar, necesita cohesión social. No podemos permitir que siga habiendo disparidades sustanciales en los niveles de vida entre países y, en consecuencia, entre los ciudadanos a los que nuestra personalidad internacional ofrece una representación unida. Europa, por consiguiente, pide que el objetivo histórico de convergencia y cohesión se consiga mediante políticas adecuadas de gestión económica.

Siempre he creído, primero como banquero y después como político, que el principio del libre comercio en la cultura económica de la Unión implica poder hablar al mercado en el lenguaje del mercado, aunque no puede significar consentirle todos los caprichos.

(Aplausos)

Es la falta de voluntad política por parte de los Gobiernos nacionales lo que impide coordinar efectivamente sus políticas presupuestarias. Por ello, la Unión tiene dificultades para utilizar un fondo común, en parte compuesto por préstamos de Europa en el mercado crediticio internacional, para financiar importantes obras de infraestructura de interés europeo e importantes iniciativas comunes de investigación e innovación, además de crear un patrimonio de bienes públicos comunes. La Estrategia de Lisboa es el primer eslabón de una cadena que debería llevar a la gobernabilidad de la economía europea. Los Gobiernos nacionales deben lanzar un mensaje preciso, que sea convincente gracias a la asignación de recursos públicos. Los negocios deben utilizar las flexibilidades deseadas para ganar competitividad y aumentar la base productiva y las ventas en Europa y todo el mundo.

Europa debe reactivar su propio compromiso con grandes proyectos comunitarios. Hemos tenido éxito en muchas ocasiones, incluso en los últimos años, por ejemplo en CERN y la Agencia Espacial Europea, con los proyectos ITER y Galileo, que han supuesto un paso adelante decisivo en el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas de Europa, y con el proyecto Erasmus, que ha abierto nuevos horizontes europeos a millones de jóvenes. Airbus también constituye un ejemplo de lo que podemos hacer juntos con tan solo unirnos.

Asimismo, podemos mirar con confianza a la capacidad de iniciativa de la zona del euro, actualmente presidida por Jean-Claude Juncker, a quien le envío mis mejores deseos, en parte en virtud de nuestra larga amistad y colaboración. El euro es la mayor demostración de la voluntad conjunta de los ciudadanos europeos y una fuerza motriz de la integración política. Es un signo de confianza alentador que seis de los diez países recién adheridos ya hayan comenzado a participar en el SME 2, dando así los primeros pasos importantes para unirse a la zona del euro. Los beneficios tangibles de la participación en una moneda única saltan a la vista: protección frente a los desequilibrios del mercado de divisas, bajos tipos de interés y mayor competencia en aquellos países de la zona del euro que han adoptado políticas acertadas.

 
  
  

(Interrupción ruidosa del orador por Mario Borghezio y exhibición de banderolas)

 
  
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  El Presidente. Señores ujieres, retiren inmediatamente ese símbolo. Acompañen a la puerta al señor diputado, ¡expúlsenlo de la sala! ¡expúlsenlo de la sala inmediatamente! ¡He dicho que lo expulsen de la sala!

(Aplausos)

Señores ujieres, retiren cualquier símbolo o elemento susceptible de alterar el orden en el hemiciclo.

(Exclamaciones)

Asegúrense de que no queda ningún elemento que pueda alterar el orden en el normal desarrollo en el hemiciclo. Si lo hay, retírenlo.

(Los diputados implicados son expulsados)

Señor Presidente, le pido disculpas. Continúe.

(Aplausos)

 
  
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  Carlo Azeglio Ciampi, Presidente de la República Italiana. (IT) Debemos entender el fortalecimiento del euro en los mercados internacionales y la política de estabilidad de precios aplicada por el Banco Central Europeo como extraordinarios aciertos, aunque no podemos conformarnos con esta situación a largo plazo. El rigor confirmado y legitimado del Pacto de Estabilidad no garantiza por sí mismo el crecimiento si persiste la inercia. Seguirá siendo difícil percibir los efectos positivos del euro si no se da una gestión coordinada de los presupuestos nacionales o del rumbo emprendido por las políticas económicas de los Estados miembros. Únicamente sobre esta base podrá la Unión alcanzar todo su potencial que le confiere la moneda única, el hecho de ser un agente económico mundial y de haber consolidado un bloque económico y monetario capaz de promover los intereses de los ciudadanos y los ritmos de su desarrollo equilibrado.

Además, ahora esperamos con confianza un acuerdo en torno a las perspectivas financieras de la Unión. El debate político abierto y franco sobre las prioridades de las acciones de la Unión es un paso positivo, aunque es necesario aprobar lo antes posible un presupuesto comunitario que no solo refleje un equilibro entre las distintas necesidades de los Estados miembros, sino que además se base en objetivos coherentes e integradores. Manifiesto en esta Cámara el ferviente deseo de que el Primer Ministro británico, Tony Blair, Presidente en ejercicio de la Unión Europea, tenga éxito en la labor que prometió llevar a cabo ante este Parlamento.

La viabilidad del modelo europeo dependerá también de la capacidad para movilizar nuevas fuerzas en nuestros países. Únicamente mediante el diálogo y la coexistencia constructiva entre los ciudadanos europeos y los residentes no europeos lograremos de hecho fortalecer los mejores aspectos de nuestra sociedad.

Por último, el futuro de nuestra Europa requiere políticas de seguridad y la paz. La visión internacional de la Unión Europea, basada en la primacía del derecho, en la confianza y en el sistema multilateral, levanta expectativas y esperanzas en todo el mundo. No obstante, Europa solo podrá influir en los equilibrios internacionales si está unida. Actuando por separado, quedaríamos a merced de acontecimientos mayores que nosotros, acontecimientos que amenazan la paz y la seguridad europea.

En coherencia con ese enfoque, el Parlamento Europeo ya hace tiempo planteó la cuestión de la representación unida de Europa en las Naciones Unidas. La resolución adoptada en junio, como la resolución anterior de enero de 2004, estipula que un único puesto para la Unión Europea en el Consejo de Seguridad de la ONU es el objetivo que debe proponerse Europa.

(Aplausos)

Esta claridad de visión es mérito del Parlamento Europeo. La conciencia de nuestras raíces comunes y la memoria compartida de los buenos y malos tiempos de nuestra historia demuestran un interés europeo superior que armoniza los intereses nacionales, los protege de los excesos que plagaron nuestro pasado y los promueve dentro de una visión común de nuestras relaciones con el mundo.

La Europa ampliada ha tocado ahora los límites de su identidad cultural e histórica. Aunque la geografía no permite identificar las fronteras de Europa con certeza, el espacio común de principios, valores y reglas expresado por la Unión Europea es completamente identificable hoy en día.

La ampliación de la Unión era un deber histórico hacia las personas que consideraban la adhesión la garantía de su libertad recobrada, la conclusión de una anticipación de casi medio siglo. Esperamos que los nuevos Estados miembros, que tienen derecho a vivir en una Unión eficaz y unida para ellos también, contribuyan de forma constructiva y entusiasta, cosa que ya hemos visto que hacen. La Unión ampliada seguirá unida. Sin embargo, precisamente porque se ha ampliado, requerirá, más que antes, medidas progresivas que indiquen el camino a seguir a fin de completar la unión de Europa.

Señorías, es deber del Parlamento Europeo volver a introducir la Unión Europea como un sentimiento general entre las personas. Es responsabilidad suya responder a las peticiones de los ciudadanos de más democracia, transparencia y gobernabilidad. Desde el 14 de febrero de 1984, cuando el Parlamento presentó el proyecto de Constitución Europea de Altiero Spinelli, esta Cámara ha exigido continuamente más participación para enmendar los Tratados. Ahora, la institución europea más representativa tiene la responsabilidad histórica de no desaprovechar el patrimonio fundacional y de garantizar que el período de reflexión sobre la Constitución no caiga en saco roto.

(Aplausos)

Las propias conclusiones del Consejo Europeo de los días 16 y 17 de junio fomentan un debate destinado a generar interés e invitar a las instituciones europeas a que contribuyan al mismo.

Señor Presidente, Señorías, hace ya tiempo, como estudiante universitario en Italia y Alemania, tuve la oportunidad de ser testigo del grado de estupidez con el cual los Estados miembros europeos, por medio de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron la matanza de toda una generación.

(Aplausos)

Por ese motivo, me preocupa cualquier frenazo, cualquier crisis en el proceso de integración europea. Espero, de todas formas, que hayan detectado en mis palabras una calmada fe en el futuro. A mediados del siglo pasado, hombres grandes y sabios construyeron una estructura que no se puede destruir; a pesar de ello, como si fuésemos fareros, debemos procurar avisar a la gente joven de los nuevos peligros.

En un futuro no muy lejano se producirá el fin de mi cargo como Presidente de la República Italiana. Hace seis años, al jurar mi cargo, concluí mi discurso ante el Parlamento italiano con una declaración de reconocimiento y compromiso hacia Italia y la Unión Europea, al que creo que he sido fiel en estos años llenos de historia y de cambios. Se trata de un compromiso que de buen grado vuelvo a afirmar hoy antes ustedes. ¡Larga vida a Europa, larga vida a la Unión Europea!

(Aplausos)

 
  
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  El Presidente. Señor Presidente, señoras y señores diputados, permítanme unas breves palabras de agradecimiento al señor Ciampi, porque no quisiera olvidarlas, como me ha sucedido en otras ocasiones, debido a la emoción del momento. Después de haberle escuchado a usted, señor Ciampi, creo que puedo decir, en nombre de la gran mayoría de los miembros de este Parlamento, que esta institución guardará memoria de sus palabras. Ha demostrado usted su pertenencia a la joven Europa. Sí, a la joven Europa.

(Aplausos)

Porque, como decía Picasso, «cuesta muchos años llegar a ser joven». Y usted nos ha demostrado que se puede llegar a ser joven en el momento en el que precisamente la juventud hace más falta.

Le pido disculpas por el incidente, que no representa en absoluto a la mayoría de esta Cámara, sino todo lo contrario, y hago votos para que las ideas que usted nos ha expuesto aquí sirvan en el proceso de debate que tenemos que continuar. Usted lo ha dicho muy claro. Permítame que se lo agradezca una vez más.

Europa es la historia de un éxito, pero se puede morir de éxito. Para evitarlo, hace falta evitar la banalización de los elementos más preciosos, más delicados de la convivencia. Hay que evitar que la cotidianeidad le quite valor a lo que hemos conseguido. Hay que evitar que se convierta en banal lo que es maravilloso.

Por eso, señor Ciampi, le agradecemos, una vez más, su presencia entre nosotros y deseamos que sus palabras sean escuchadas fuera de este hemiciclo.

(Aplausos)

 
  
  

PRESIDENCIA DE LA SRA. ROTH-BEHRENDT
Vicepresidenta

 
  
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  Bruno Gollnisch (NI). (FR) Señora Presidenta, baso mi cuestión de observancia del Reglamento en los artículos 166, 75 y 83 del mismo, así como en el artículo 48 del Tratado de la Unión Europea, pues los artículos 75 y 83 del Reglamento nos remiten al texto de los Tratados. Seré muy breve.

El artículo 48 del Tratado de la Unión establece que las enmiendas al mismo entrarán en vigor después de haber sido ratificadas por todos los Estados miembros de conformidad con sus respectivas normas constitucionales. En la medida en que el artículo 48 habla de todos los Estados miembros, está claro que el rechazo del Tratado constitucional por dos de ellos –Francia y los Países Bajos– y por otros muchos si se hubiera consultado al pueblo, ha reducido a la nada el Tratado constitucional y, por consiguiente también, lamento decirlo, con el debido respeto por el Presidente Ciampi como persona y por su cargo, ha reducido a la nada el discurso del Presidente Ciampi.

 
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