Presidente. − Señorías, es un día muy especial para el Parlamento Europeo porque damos la bienvenida a uno de nuestros ex diputados —ahora es Presidente de la República de Estonia— el señor Hendrik Ilves. Reciba usted nuestra más cordial bienvenida al Parlamento Europeo.
(Grandes y prolongados aplausos)
Señorías, cuando tenemos oportunidades como ésta, es positivo no sólo mirar al presente, sino también recordar el largo y amplio camino que ha supuesto para nosotros conseguir que un colega diputado, junto a otros diputados de Estonia —y de Letonia y Lituania, si nos limitamos a los Estados Bálticos en primer lugar—, fueran elegidos diputados al Parlamento y cuyos países, países libres que estuvieron sometidos durante décadas al comunismo totalitarista hayan sido representados aquí desde que se consiguió la libertad en Estonia.
Este diputado fue elegido democráticamente para ser Presidente de su país. Es una celebridad de Estonia que, ante todo, está ligado al futuro de Europa y, evidentemente, al presente. En un principio, como Ministro de Exteriores de su país, llevó a cabo las negociaciones sobre la adhesión a la Unión Europea y, por tanto, fue observador en el Parlamento Europeo durante un año, desde 2003 hasta que se celebraron elecciones directas en 2004 y, finalmente, fue diputado al Parlamento Europeo hasta su elección como Presidente de la República de Estonia en septiembre de 2006. El Presidente Hendrik Ilves tomó posesión del cargo como Presidente de Estonia el 9 de octubre de 2006.
Presidente Ilves, nos complace especialmente poder darle la bienvenida al Parlamento Europeo, que mañana celebra su quincuagésimo aniversario. Su visita supone, en cierto modo, el comienzo de las celebraciones y me gustaría rogarle ahora que se dirija al Parlamento Europeo. Una vez más, le damos nuestra más cordial bienvenida.
(Aplausos)
Toomas Hendrik Ilves, Presidente de la República de Estonia. − (ET) Permítanme, amigos, empezar deseándoles un feliz cumpleaños. Estimados amigos y colegas, colegas en el sentido más preciso de la palabra, amigos a quienes he echado de menos durante el último año y medio. Cuando levanto la vista y les veo a todos aquí —desde aquí abajo parece que hay muchos más de lo que parecía desde el escaño 131 en el que solía sentarme—.
No pueden hacerse una idea de lo extraordinarios que son como Parlamento de Europa. Tuve que marcharme antes de lo previsto. Pero, permítanme que continúe ahora en mi actual función como Presidente de mi país.
Hoy, cuando Estonia está a punto de entrar en su quinto año como miembro de la Unión Europea, ya no somos «nuevos miembros» en fase de aprendizaje. De hecho, creo que es hora de dejar de lado el término «nuevo Estado miembro» como un anacronismo carente de significado.
(Aplausos)
Hoy ya no hay nuevos o antiguos miembros. Sólo hay miembros. El término «nuevo Estado miembro» actualmente ni siquiera significa «Estado miembro más pobre», puesto que algunos de nosotros hemos alcanzado a los «antiguos miembros».
Hoy, la Unión tiene coaliciones de intereses, de posiciones de partido, y éstas se forman a partir de múltiples dimensiones: miembros pequeños o grandes, naciones industriales o comerciales, etc. Sin embargo, la base no se refiere al período de tiempo o duración de la adhesión.
Hoy deseo, en esta Cámara, avanzar diez años en el tiempo y vernos a todos nosotros cuando seamos miembros con mayor o menor antigüedad. Trasladarme a una época en la que habrán transcurrido cien años desde la primera terrible guerra civil europea del siglo XX. Nos referimos a nuestra Unión como una respuesta a la segunda guerra civil europea, una forma de organizar nuestro continente para que no se repitan los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, no debemos perder de vista el hecho de que un tercio y, probablemente más, de los miembros de la Unión Europea se convirtieron en entidades políticas independientes a partir de las ruinas de la Primera Guerra Mundial. Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia (tras 140 años en los que no había existido), la antigua Checoslovaquia, junto a las actuales Hungría y Austria: todos estos países surgieron como nuevos estados basados en la autodeterminación en el siglo XX, a partir de la caída de los imperios, aquellas superpotencias internacionales.
Hago esta observación porque mi país, como otros muchos miembros actuales, empezó su andadura librándose del yugo de una pertenencia obligada a esas grandes entidades supranacionales, despóticas o carentes de democracia, también conocidas como imperios.
Estonia, al igual que otros muchos, tuvo incluso que intentar nacer al menos en dos ocasiones. En todo caso, hoy nos hemos reunido para construir nuestra propia entidad supranacional, y una nueva identidad: nuestra Unión Europea
Y lo hemos hecho no como respuesta a una conquista o una invasión, sino porque somos libres para hacerlo. Y porque creemos que es lo correcto. Esto también es ejercer nuestro derecho a la autodeterminación.
Hago esta observación porque dentro de diez años Estonia tendrá por primera vez el privilegio y la responsabilidad de ocupar la Presidencia y confío en que, cuando llegue ese momento, ya no estaremos forcejeando con las cuestiones que estamos intentando lidiar hoy. Ése es precisamente el motivo de que hoy quiera hablar de otros aspectos que serán importantes dentro de unos diez años.
Por último, hago estas observaciones porque nuestros ciclos de elecciones y el ciclo de retos a los que nos enfrentamos no están sincronizados: tratamos bien los problemas que se ajustan a ciclos de cuatro o cinco años.
Sin embargo, los retos y presiones a los que se enfrenta actualmente la Unión Europea, que abarcan de la energía al medio ambiente, de la competencia a la ampliación, de la política exterior y de seguridad común a la migración, son cuestiones estratégicas que exigen valentía y atrevimiento para actuar durante un período superior a dos o tres legislaturas.
Señorías, aunque no podemos prever el futuro, pueden percibirse de forma general determinadas tendencias y riesgos. Dos de ellas, amenazas gemelas a las que nos enfrentamos, no han dejado de estar en la palestra: el calentamiento global y la disminución de las reservas de combustibles fósiles. No obstante, estas dos cuestiones representan una preocupación mundial y su resolución, aunque a todas luces imposible sin la Unión Europea, debe ser abordada a escala mundial.
Y, sin embargo, al mismo tiempo, la Unión se enfrenta a varios retos importantes de distinta índole. A menos que les hagamos frente, podremos perder parte del relativo bienestar y éxito de los que gozamos en la actualidad si no dentro de diez años, con toda seguridad dentro de veinticinco. Estos retos y presiones están ligados a la competitividad de la Unión Europea.
¿Dónde están nuestros competidores? ¿Están dentro de la Unión Europea o fuera de ella? La respuesta, claro está, es que se encuentran en ambos: competimos en el mercado dentro de la Unión Europea, así como a escala mundial.
Sin embargo, si analizamos las tendencias a largo plazo de la globalización tenemos que estar agradecidos a Jean Monnet y a Jacques Delors por crear el mercado interior en un momento en el que la globalización todavía no era un fenómeno visible.
Puesto que es el mercado interior el que permite que las naciones europeas particulares puedan mantener su competitividad en el escenario global. La apertura dentro de Europa, la disposición a participar en las presiones competitivas dentro de Europa, han sido el motor de nuestra competitividad a escala mundial.
El pensamiento actual en la Unión Europea no siempre da razones para ser optimista y ello se debe a dos motivos: en primer lugar, la mediocre aplicación de la Agenda de Lisboa, nuestro bienintencionado programa para desarrollar la innovación y la competitividad.
(Aplausos)
Y, en segundo lugar, el creciente proteccionismo de la Unión Europea, no sólo con respecto al mundo exterior, sino también dentro de nuestras fronteras.
Permítanme que aborde estas dos cuestiones por separado. Durante el período en el que mi país acababa de salir de 50 años de retraso impuesto por la Unión Soviética, me desesperaba pensar en el tiempo que llevaría crear la infraestructura necesaria en Estonia.
Sin embargo, en determinados ámbitos, como la tecnología de la información, Estonia pudo empezar en condiciones equitativas. La inversión de los sectores público y privado en TI permitió que el país alcanzara un nivel superior a la media de la Unión Europea y, hacia finales del decenio de 1990, la situación de los servicios electrónicos oficiales y los servicios en determinados sectores, como la banca, habían alcanzado un nivel del que sólo gozaban algunos países de Europa.
La atención que prestó mi país al desarrollo de TI dio sus frutos y nos permitió ser más competitivos. Pero esto por sí solo no basta. En un sentido más general, Estonia, como el resto de Europa, está delegando en otros la innovación en ciencia y el desarrollo.
Las innovaciones, seamos sinceros, proceden fundamentalmente de los Estados Unidos, que depende asimismo de la fuga de cerebros, los mejores y más brillantes, de Europa, así como de India y China, para mantener su elevado grado de competitividad. Necesitamos empezar a abordar ya seriamente esta cuestión.
Estamos en contra de la inmigración, cada vez es más frecuente que nuestros hijos decidan no estudiar matemáticas, ciencias e ingeniería, y nosotros mismos estamos decidiendo retirarnos de la competencia dentro de la Unión Europea en uno de los sectores más competitivos de la economía mundial: los servicios.
La competitividad, o la falta de la misma, dentro de la Unión Europea también tiene aspectos relativos a la seguridad. Dada la importancia de la energía, resulta comprensible que muchos países de la Unión Europea quieran proteger a sus empresas de la competencia y se opongan a la liberalización del mercado energético.
Es una reacción comprensible. Pero en la actualidad, la única fuente de energía fundamental de Europa es un país que se ha autoproclamado como «superpotencia energética» y que afirma en su página del Ministerio de Asuntos Exteriores que la energía es una herramienta de política exterior.
Evidentemente, en el futuro, si queremos impedir que los miembros de Europa se sometan a políticas basadas en el «divide y vencerás», o a la lucha por lograr los mejores acuerdos sobre el gas, que ya estamos presenciando en la UE, entonces no podemos negarnos a ver la necesidad de establecer una política energética común.
(Aplausos)
Con un Comisario de Energía con el poder de negociación que tiene el Comisario de Comercio.
En todo caso, para que podamos desarrollar una política energética común, al igual que tenemos un régimen comercial común, es necesaria también una condición sine qua non en la política exterior, a saber, un mercado interior liberalizado.
Por tanto, ¿dónde estamos cuando miramos al futuro? Los coreanos y los japoneses tienen unos índices de utilización de Internet muy superiores a los de los europeos, con unas tarifas por transmisión instantánea por secuencias con banda ancha mucho más baratas. Asia y los Estados Unidos producen (en este último caso, también forman y contratan de otros países) muchos más ingenieros y científicos.
Esto no es un buen augurio. Conducirá a un declive gradual de Europa y de la competitividad europea en una economía globalizada. A menos que, evidentemente, hagamos algo al respecto.
El primer paso para Estonia es el Tratado de Reforma, y me gustaría dar las gracias a la Presidencia portuguesa por el excelente trabajo realizado para solucionar esta cuestión. Si no ampliamos el voto por mayoría cualificada nos sumiremos en la parálisis; sin un Presidente y un Ministro de Asuntos Exteriores sencillamente estaremos infrautilizando nuestras posibilidades.
Un ejemplo de que Europa no está actuando a la altura de sus posibilidades es nuestra Política de Vecindad. Un documento elaborado por el Consejo Europeo sobre las relaciones exteriores concluye diciendo que: «En contra de lo que muchos piensan en Europa, la política de vecindad de Rusia está mejor desarrollada, mejor coordinada y mejor aplicada que la de la Unión Europea. Rusia dedica más recursos políticos, económicos e incluso militares que la Unión Europea a influir en sus vecinos». Textualmente.
Esto no dice mucho de nuestro tan cacareado «poder de atracción». Sin embargo, nuestra política de vecindad está ligada a una cuestión fundamental a largo plazo: ¿qué seremos dentro de diez años? Esta cuestión tiene dos aspectos: ¿qué dimensión tendremos dentro de diez años y cómo será el entorno que nos rodea?
¿Qué dimensión tendrá la Unión Europea en 2018? No lo sabemos, pero somos nosotros quienes tenemos que decidirlo. Evidentemente, no seremos lo grandes que a algunos de nosotros nos gustaría, pero, ciertamente, seremos mayores que en la actualidad. Hacia el Este y el Sur lindamos con países que, evidentemente, nunca se unirán.
Me parece que una de nuestras preocupaciones fundamentales debería ser que las diferencias existentes entre la Unión Europea y sus vecinos, por lo que respecta al bienestar económico y a la libertad política, no deberían ser tan grandes como para que nos enfrentáramos a una gran ola de inmigración ilegal o de refugiados políticos.
Por tanto, parecería que no hemos aprendido ni siquiera de nuestra propia gran experiencia de la pasada ampliación. Planeamos aumentar la ayuda al exterior sin condicionarla a las reformas. A través de nuestros bancos de desarrollo apoyamos el desarrollo de países que muestran ostensiblemente políticas comerciales hostiles con respecto a la Unión Europea.
Necesitamos asimismo darnos cuenta de que nuestro modelo no es el único actualmente. El propio Francis Fukuyama admite ahora que el sueño hegeliano de la inexorable marcha de la historia hacia una democracia liberal no se tiene en pie. ¿Qué ventajas tienen las exigencias anticorrupción de los préstamos del Banco Mundial para los países en desarrollo cuando los fondos soberanos ofrecen mejores acuerdos sin compromisos?
Nos equivocamos al pensar que vivíamos en un mundo sin ideologías. Por el contrario, la subida del capitalismo autoritario como alternativa a las economías de mercado democráticas es probablemente la batalla ideológica, intelectual y moral más reciente a la que nos enfrentamos.
(Aplausos)
Es evidente que hemos de reconsiderar nuestras políticas, aunque no bastará con eso. Necesitamos más valor, necesitamos una visión y necesitamos entender dónde estaremos nosotros y el mundo dentro de 20 ó 25 años, un momento en el que incluso la potencia económica que Alemania es hoy será eclipsada por India y China.
Si queremos prepararnos para dentro de veinticinco años, necesitamos empezar a planificar hoy. Confío plenamente en que, en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, los partidos compitan no sólo por mantener el statu quo actual sino también sus visiones de futuro.
Señorías, la democracia existe para sus ciudadanos, esta basada en la voluntad de éstos y sujeta a su aprobación. Para ello hemos creado instituciones que el nuevo tratado debería desarrollar más cuando entre en vigor.
Pero no deberíamos delegar nuestra responsabilidad en las instituciones. No servirá de mucho crear un servicio exterior o ampliar el voto por mayoría cualificada si no profundizamos en la idea de los intereses europeos fundamentales.
El hecho de tener funcionarios consulares comunes es una reforma burocrática racional. Dificultar el uso del veto constituye en sí mismo un paso que Europa acoge con satisfacción, pero seguirá siendo un paso pequeño si los Estados miembros consideran que no se tienen en cuenta sus intereses.
Necesitamos volver a la idea más fundamental que ha logrado el éxito de la Unión Europea. Es decir, que se sirve mejor a los intereses nacionales cuando todos cedemos un poco para que la Unión en conjunto sea un éxito. No me refiero a desembolsar dinero o administrar edulcorantes a miembros recalcitrantes sin predisposición para llevar a cabo una política. Me refiero a nuestra posición en el mundo por separado, como estados nacionales y, juntos, como Unión Europea.
Cuando hablamos de una Europa fuerte, necesitamos ser conscientes de la misma verdad que todos conocemos ya aplicada a nuestras políticas nacionales: nuestro país es fuerte en la escena internacional, y, sin duda, en Europa, cuando somos fuertes en casa. Los gobiernos que gozan de un apoyo sólido pueden permitirse ser decisivos en la esfera internacional.
Estoy seguro de que se trata de un problema en toda la Unión Europea. Para crear un sentido más sólido de europeidad entre nuestros votantes necesitamos ir aún más allá de las propuestas de la Comisión que prevén que los estudiantes pasen un año en una universidad de otro Estado miembro. Necesitamos fomentar de forma activa esto en nuestros países para que nuestros ciudadanos, no sólo los funcionarios, puedan llegar a conocerse.
Esto implica, evidentemente, que necesitamos actualizar el grado de conocimiento de las lenguas. Dentro de diez años deberíamos poder mirar a una Unión en la que cada estudiante universitario conociera la lengua de otro Estado miembro y, con esto, no me refiero al inglés, porque el inglés tiene tal dominio mundial en el ámbito de la ciencia y el comercio, el ocio e Internet, que ya no cuenta como lengua extranjera. Me refiero, por ejemplo, a un portugués que hable polaco, a estonios que hablen español y a suecos que hablen esloveno.
Necesitamos asimismo pensar más a escala regional. En este sentido, el Parlamento ha demostrado que puede desempeñar una función más importante de lo que nunca se había pensado. Me siento orgulloso de una iniciativa a la que yo pertenecía, la Estrategia del Mar Báltico, una de las primeras políticas de la Unión Europea que realmente nació aquí, justo aquí en el Parlamento Europeo, no en el Consejo ni en la Comisión, y de que dicha iniciativa se convierta hoy en un programa de la Unión Europea.
(Aplausos)
El Parlamento es el vínculo por excelencia entre las instituciones de la Unión y sus ciudadanos que logra que la Unión funcione. Puesto que es aquí sólo donde ustedes, estimados colegas, pueden encontrar el difícil equilibro entre los intereses de sus electores y los intereses de la Unión. Es algo que ninguna otra institución puede hacer y que ninguna puede hacer tan bien como ustedes.
Señorías del Parlamento Europeo, resulta de igual importancia para los ciudadanos de Europa, para una Europa de ciudadanos europeos, saber quiénes somos, de dónde venimos y cómo llegamos aquí.
En cierta ocasión, durante una intervención en esta Cámara de un diputado al PE relativa a las deportaciones masivas en su país, se dirigió a mí en esta Cámara, éste se dirigió a mí y me preguntó: «¿por qué no pueden olvidar el pasado y pensar en el futuro?».
Todos creemos que conocemos la historia de Europa y por eso tal vez resulta incómodo escuchar que la Europa que conocemos ahora no es mas que una parte de Europa, como ha demostrado Norman Davis, ese gran historiador de Europa, de manera tan eficaz.
Sin embargo, la Unión Europea actual acepta la historia de toda Europa, con sus éxitos y sus fracasos. Hoy somos herederos tanto de las reformas sociales de Bismarck como del régimen de Salazar. Tanto de la primera democracia constitucional del mundo como de la represión por brutales servicios de seguridad internos. Así es nuestra Europa.
Sin embargo, el hecho de que la primera democracia constitucional se estableciera en Polonia y de que la represión por parte de la policía de seguridad tuviera lugar literalmente por encima del muro del Wirtschaftswunder son hechos sobre los que tenemos un desconocimiento mucho mayor de lo que deberíamos.
Nuestra tarea, Señorías, consiste en conocer nuestra Europa. Unos de los más destacados europeos del siglo XX, Salvador de Madariaga, durante su exilio del régimen de Franco, lo explicó así: «Esta Europa tiene que nacer, y nacerá cuando los españoles digan «nuestro Chartres», los ingleses digan «nuestra Cracovia», los italianos digan «nuestro Copenhague» y los alemanes digan «nuestra Brujas»... Entonces Europa vivirá, Para entonces, el espíritu que guía a Europa habrá pronunciado las palabras de creación: Hágase Europa». Eso dijo Salvador de Madariaga.
No obstante, para llegar al futuro de Madariaga debemos aprender a conocernos unos a otros, el pasado de cada uno, porque sólo entonces podemos empezar a construir un futuro juntos. Esta también es nuestra tarea para los próximos diez años.
Señorías, hoy he intentado destacar algunos de los retos a los que nos enfrentamos en el futuro. Europa está lejos de finalizarse, todavía tenemos mucho que hacer. En mi país, Estonia, cuando tenemos una gran tarea que realizar, un compromiso fundamental que llevar a cabo, decimos: que la fuerza nos acompañe para hacerlo.
Que a todos nos acompañe la fuerza.
Gracias.
(Aplausos prolongados)
El Presidente. − Señorías, al levantarse de sus asientos, al aplaudir de forma tan entusiasta, han mostrado su agradecimiento al Presidente de Estonia y a nosotros, como Parlamento, por su discurso tan agradable y tan cordial pero, sobre todo, tan esperanzador.
Presidente Ilves, ha hablado de algo que reside en el corazón de Europa, que es entendernos mutuamente y conocer nuestro modo de pensar. Si sabemos cómo pensamos, también sabemos cómo podemos actuar juntos a larga.
Cuando se refería al intercambio entre jóvenes, recordé —y creo, Señorías, que podemos estar orgullosos de ello— que cuando se iba a aprobar la Perspectiva Financiera y se querían reducir los fondos para los intercambios juveniles, el Programa Erasmus y el aprendizaje permanente, nos levantamos y dijimos: la Perspectiva Financiera sólo dará resultados si aumentamos, en lugar de reducir, los fondos destinados a que los jóvenes se reúnan para crear un entendimiento y un sentido de comunidad en la Unión Europea.
(Aplausos)
Permítanme decir a modo de conclusión —y lo hago con cierta emoción contenida: si el Presidente de Estonia nos recuerda la historia, tenemos que decir que la historia de Europa, de nuestro continente, en algunos momentos ha sido positiva en muchos aspectos, pero que muchos períodos también han estado teñidos de tragedia. Lo que estamos haciendo aquí hoy, aquí en el Parlamento Europeo, también es una respuesta a la experiencia adquirida por la historia.
El hecho de que usted nos transmita esto convierte el día de hoy en un gran día para el Parlamento Europeo. Podemos caminar hacia el futuro sólo si miramos atrás a la historia, aprendemos de sus consecuencias y luego actuamos juntos sobre la base del entendimiento mutuo y el espíritu comunitario, como usted ha afirmado, Presidente Ilves, por el bien de una Europa compartida.