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Acta literal de los debates
Miércoles 24 de septiembre de 2008 - Bruselas Edición DO

9. Sesión solemne - Patriarca Ecuménico Bartolomé I
Vídeo de las intervenciones
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  Presidente. − Su Santidad, Partriarca Bartolomé, es un gran honor recibirlo en esta sesión solemne del Parlamento Europeo durante el Año europeo del diálogo intercultural 2008. El gran Mufti de Damasco se dirigió en enero al Parlamento Europeo como parte de este Año europeo del diálogo intercultural. Procede de Siria y transmitió un mensaje en defensa de un Islam pacífico.

Su Santidad, usted representa al credo cristiano, y el Rabino principal Jonathan Sacks se dirigirá al Parlamento Europeo en Estrasburgo en noviembre como representante del credo judío.

Los seguidores de estos tres credos –el cristianismo, el judaísmo y el Islam– han convivido durante siglos. Desgraciadamente, esta coexistencia no siempre ha sido pacífica. Incluso hoy en día, en Oriente Próximo y en otros territorios existen zonas que registran fuertes tensiones entre estas comunidades.

Nosotros, desde el Parlamento Europeo, apoyamos cualquier esfuerzo dirigido a que estas culturas y religiones puedan coexistir en paz en Oriente Próximo y en el resto del mundo. En Oriente Próximo también hay ejemplos de tolerancia religiosa y de relaciones armoniosas entre pueblos que profesan distintos credos. Cuando visité Siria no hace mucho tiempo, tuve la oportunidad de conocer a los líderes espirituales de las diferentes comunidades religiosas, quienes me aseguraron que en su país existen buenas relaciones, que favorecen el diálogo entre religiones y entre culturas.

La Unión Europea es una comunidad basada en valores, y uno de nuestros valores fundamentales es la dignidad, que es inherente a todo ser humano. Desde este punto de vista, la libertad religiosa resulta esencial para la dignidad humana y va mucho más allá de los poderes invocados por las autoridades estatales. La separación entre Iglesia y Estado, que tanto apreciamos, garantiza la libertad de las comunidades religiosas para encargarse de sus propios asuntos internos y de sus relaciones con el exterior. En el Tratado de Lisboa, cuya entrada en vigor ansiamos, se reafirman estos valores.

El Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, con sede en Phanar, Estambul, fue fundado en el sigo IV y es un importante centro espiritual para los 300 millones de cristianos ortodoxos de todo el mundo. Phanar significa «faro», y usted, Su Santidad, siempre ha sido un faro de paz y de reconciliación para los creyentes dentro y fuera del mundo ortodoxo.

La última ampliación de la Unión Europea ha incorporado a la UE a países con mayorías ortodoxas, como por ejemplo Chipre, Bulgaria, Rumanía, mientras que Grecia es miembro desde 1981. El último Papa, Juan Pablo II, quien se dirigió al Parlamento Europeo en 1988, utilizó la siguiente metáfora para describir esta circunstancia: dijo que después de superar su división, Europa respira de nuevo con dos pulmones. Podríamos volver a utilizar esta metáfora para describir la riqueza de la Unión ampliada, que nos ha llegado gracias a las diferentes perspectivas de la cristiandad occidental y oriental.

Su Santidad, gracias por visitarnos. Es usted una de las pocas personalidades que se dirige al Parlamento en dos ocasiones. Ya estuvo usted aquí en 1994, y nos concede el honor de volver a escucharle con motivo del Año europeo del diálogo intercultural. Estamos deseosos de escuchar su discurso.

Y ahora le invito a hacer uso de la palabra ante los miembros del Parlamento Europeo. Gracias.

(Aplauso)

 
  
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  Su Santidad, el Patriarca Ecuménico Bartolomé I. − Excelentísimo Señor Presidente del Parlamento Europeo, Sus Excelencias, Señorías, distinguidos invitados, queridos amigos, en primer lugar quisiéramos transmitir los saludos del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que tiene su sede desde hace muchos siglos en lo que actualmente se conoce como Estambul, unos saludos rebosantes de aprecio y de respeto. En particular, queremos expresar nuestra gratitud hacia un antiguo amigo, el Excelentísimo Señor Pöttering, Presidente del Parlamento Europeo. Del mismo modo queríamos expresar nuestra más sincera gratitud por el extraordinario honor que representa para nosotros dirigirnos a la sesión plenaria del Parlamento Europeo por segunda vez (como ha mencionado el Presidente), especialmente en esta ocasión conmemorativa del Año europeo del diálogo intercultural.

Como institución exclusivamente espiritual, nuestro Patriarcado acoge un auténtico apostolado internacional que se esfuerza por aumentar y expandir la conciencia de la familia humana, por hacer entender que todos moramos en la misma casa. En su sentido más básico, éste es el significado de la palabra «ecuménico» –porque el «oikoumene» es el mundo habitado–, la tierra entendida como una casa en la que conviven todos los pueblos, razas, tribus y lenguas.

Como es bien sabido, los orígenes de nuestra institución religiosa se remontan a la Era Axial, en los tiempos antiguos de la cristiandad, y a los primeros seguidores de Jesucristo. En lo que respecta a nuestra sede –nuestro centro institucional–, compartía el centro y capital del Imperio romanocristiano, y se convirtió en «ecuménico», con ciertos privilegios y responsabilidades que aún conserva. Una de las responsabilidades clave era llevar el mensaje de redención del Evangelio más allá del Imperio romano. En los días anteriores a la época de las expediciones, la mayoría de las civilizaciones percibían el mundo como «dentro de» y «fuera de». El mundo estaba dividido en dos sectores: un hemisferio de civilización y un hemisferio de barbarie. En esta historia, contemplamos las dolorosas consecuencias de la alienación de los seres humanos.

Hoy, con los medios tecnológicos para trascender el horizonte de nuestro propio conocimiento cultural, debemos, no obstante, seguir presenciando los terribles efectos de la fragmentación humana. El tribalismo, el fundamentalismo, y el filetismo –que es un nacionalismo exacerbado que no tiene en cuenta los derechos de los demás– contribuyen a la continua lista de atrocidades que nos hacen reflexionar sobre si realmente somos tan civilizados.

Sin embargo, pese a las oleadas de comercio, migraciones y expansiones de los pueblos, pese a los levantamientos y resurgimientos religiosos, y a los grandes movimientos geopolíticos, la deconstrucción del autoconocimiento monolítico de los siglos pasados sigue sin llegar a puerto. El Patriarcado Ecuménico ha surcado las olas de estos siglos, navegando en la tormenta y en la calma de la historia. Durante veinte siglos –mediante la Pax Romana, la Pax Christiana, la Pax Islamica, la Pax Ottomanica (todas las épocas han estado marcadas por la lucha intercultural, el conflicto y la guerra abierta)– el Patriarcado Ecuménico ha sido el faro de la familia humana y de la Iglesia cristiana. Gracias a nuestra amplia experiencia en estas aguas profundas de la historia podemos ofrecer al mundo contemporáneo un mensaje eterno de valor humano perenne.

Hoy, el ámbito ecuménico de nuestro Patriarcado se extiende mucho más allá de las barreras de su presencia física en el vértice de Europa y Asia, en la misma ciudad donde hemos vivido durante más de diecisiete siglos desde su fundación. Aunque en pequeña cantidad, la gran calidad de nuestra experiencia nos ha traído en este mes agosto hasta esta asamblea para compartir, desde esa experiencia en tratar con la necesidad de diálogo, un ideal noble y oportuno para el mundo contemporáneo.

Como ustedes han dicho, en palabras de esta ilustre institución: «Por tratarse de una cuestión esencial del proyecto europeo, es importante que se aporten los medios para que el diálogo intercultural y el diálogo entre los ciudadanos fortalezcan el respeto de la diversidad y traten la compleja realidad de nuestras sociedades y la coexistencia de distintas identidades culturales y creencias» (Decisión Nº 1983/2006/CE) y nos gustaría añadir a esta noble declaración, como ya hicimos la semana pasada al dirigirnos a la sesión plenaria de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, en Estrasburgo: «El diálogo es necesario por encima de todo porque es inherente a la naturaleza humana».

Éste es el principal mensaje que proponemos para su consideración: el diálogo intercultural está arraigado en la naturaleza del ser humano, ya que no existe una sola cultura que abarque a todos los seres humanos. Sin dicho diálogo, las diferencias dentro de la familia humana se reducen a deshumanizaciones de los «otros» y conducen al abuso, al conflicto, a la persecución; a un suicidio humano a gran escala, ya que en último término todos formamos una humanidad. Pero cuando estas diferencias nos impulsan a encontrarnos con el otro, y cuando ese encuentro se basa en el diálogo, hay un entendimiento mutuo y aprecio –incluso amor.

En los últimos cincuenta años, nuestra familia humana ha alcanzado enormes logros tecnológicos que nuestros antepasados jamás hubieran soñado. Muchos confiaron en que estos avances fueran el puente que uniera los fragmentos que dividen la condición humana. Como si nuestros logros nos hubieran otorgado el poder de superar las realidades fundamentales de nuestra moral y –si se me permite decirlo– de nuestra condición espiritual. Pero, a pesar de todo el provecho imaginable y de la capacidad técnica –una capacidad que parece sobrepasar a nuestro ingenio antropológico– aún sufrimos males universales como el hambre, la sed, la guerra, la persecución, la injusticia, la miseria planeada, la intolerancia, el fanatismo y los prejuicios.

En vista de que parece que no se puede romper este ciclo, la importancia del «proyecto europeo» no debe ser subestimada. Es uno de los sellos distintivos de la Unión Europea, que ha triunfado a la hora de promover la coexistencia mutua, pacífica y productiva entre naciones que hace menos de setenta años estaban sumidas en un conflicto sangriento que podría haber destruido el legado de Europa para la eternidad.

Aquí, en el hemiciclo del Parlamento Europeo, ustedes luchan por hacer posibles las relaciones entre los estados y las realidades políticas que hacen factible la reconciliación entre las personas. Por tanto, han reconocido la importancia del diálogo intercultural, especialmente en una época de la historia de Europa en la que todos los países están sufriendo transformaciones en todas y cada una de las fronteras sociales. Fuertes marejadas de conflictos, la seguridad económica y la oportunidad han movilizado a poblaciones en todo el mundo. Por necesidad, entonces, personas de diferente origen cultural, étnico, religioso y geográfico descubren que están muy cerca las unas de las otras. En algunos casos, las mismas poblaciones rehúyen a la comunidad y se aíslan de la sociedad dominante. Pero en cualquier caso, si tomamos parte en un diálogo, éste no debe ser un mero ejercicio académico de comprensión mutua.

Para que el diálogo sea efectivo, transformador a la hora de provocar un cambio esencial en las personas, no se puede plantear un esquema de «sujeto» y de «objeto». El valor del «otro» debe ser absoluto, sin deshumanización; de manera que cada parte sea percibida en el conjunto de su ser.

Para los cristianos ortodoxos, el icono, o imagen, no sólo representa el culmen del logro estético, sino también un recordatorio tangible de la verdad perpetua. Como en todo cuadro –religioso o no, y a pesar del talento del artista– el objeto se presenta en dos dimensiones. Sin embargo, para los cristianos ortodoxos, un icono no es sólo un cuadro religioso; y tampoco es, por definición, un objeto religioso. De hecho, es un sujeto con el que el espectador, el fiel, toma parte en un diálogo tácito mediante el sentido de la vista. Para un cristiano ortodoxo, el encuentro con el icono es un acto de comunión con la persona representada en el icono. ¡Con mayor razón deberían nuestros encuentros con iconos vivientes –personas hechas a la imagen y semejanza de Dios– ser actos de comunión!

Para que nuestro diálogo sea más que un simple intercambio cultural, debe haber un entendimiento más profundo de la interdependencia absoluta –no sólo de los estados y agentes políticos y económicos– sino de la interdependencia de cada ser humano con los otros seres humanos. Y dicha valoración se debe hacer sin tener en cuenta condición alguna de raza, religión, idioma, etnia, país de origen, o cualquiera de los puntos de referencia en los que buscamos la propia equivalencia y la propia identidad. Y, en un mundo con miles de millones de personas, ¿cómo es posible dicha interconexión?

En efecto, no hay modo alguno de conectar con cada persona; éste es un ámbito del que se encarga la Divinidad. Sin embargo, hay un modo de comprender el universo en el que vivimos, y es viéndolo como algo compartido por todos –un plano de existencia que extiende la realidad de cada ser humano– una ecosfera que nos contiene a todos.

Es por ello que el Patriarcado Ecuménico –atendiendo a nuestro sentido de la responsabilidad con esta casa, con el oikos del mundo y cn todos los que en él moramos– ha defendido durante décadas la causa medioambiental, llamando la atención sobre la crisis ecológica que se sufre en todo el mundo. Y asumimos este ministerio sin interés personal alguno. Como ustedes bien saben, nuestro Patriarcado no es una Iglesia «nacional», sino más bien la expresión canónica fundamental de las dimensiones ecuménicas del mensaje del Evangelio, y de la responsabilidad análoga dentro de la vida de la Iglesia. Ésta es la razón profunda por la que los Padres y los Consejos de la Iglesia lo llamaron «Ecuménico». El amor de la Iglesia de Constantinopla va más allá de cualquier definición lingüística, cultural, étnica e incluso religiosa, ya que su objetivo es servir a todos los pueblos. A pesar de estar firmemente arraigado en la historia particular –como cualquier otra institución– el Patriarcado Ecuménico transciende categorías históricas en su perpetua misión de servicio durante 1 700 años.

En nuestro servicio al medio ambiente, hasta la fecha hemos financiado siete simposios científicos que abarcan una gran cantidad de disciplinas. El génesis de nuestra iniciativa creció en la isla que ofreció el Apocalipsis, el Libro de la Revelación, a la humanidad: la sagrada isla de Patmos, en el mar Egeo. Y fue en el mar Egeo donde comenzó, en 1995, un ambicioso programa de integración del conocimiento científico actual sobre los océanos con el enfoque espiritual de las religiones del mundo respecto del agua, concretamente del mundo oceánico. Desde Patmos, en 1995, hemos viajado por el Danubio, el mar Báltico, el Amazonas, el mar Ártico (en septiembre pasado), y ahora estamos preparándonos para navegar el Nilo, en Egipto, y el Mississippi, en los Estados Unidos, ambos el año que viene.

Lo que buscamos no es sólo un diálogo continuo que sea de utilidad para las necesidades prácticas, sino también uno que aumente la conciencia humana. Mientras luchamos por encontrar respuestas a las preocupaciones ecológicas y a la crisis, llevamos a los participantes a un conocimiento profundo de sí mismos como parte de un todo superior. Buscamos abarcar la ecosfera de la existencia humana no sólo como un objeto que debe ser controlado, sino también como un compañero de armas que nos acompañe en el camino del crecimiento y de la mejora. Como el Apóstol Pablo, cuyo legado celebran este año tanto la Iglesia católica romana como la Iglesia ortodoxa, dice en una de sus epístolas más famosas, la Epístola a los romanos: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros».

Cada ecosistema de este planeta es como una nación, por definición limitada a un espacio. Un estuario no es la tundra, ni la sabana es el desierto. Pero como cualquier cultura, todos los ecosistemas tendrán un efecto más allá de sus fronteras naturales; o, en el caso de las culturas, de las fronteras nacionales. Y cuando comprendamos que todo ecosistema forma parte de una ecosfera singular en la que habita todo aliento de vida que puebla la Tierra, entonces comprenderemos realmente la interconexión, la poderosa comunión de toda vida, y nuestra verdadera interdependencia. Sin dicho entendimiento, estamos abocados al ecocidio, la autodestrucción de la única ecosfera que sustenta toda la existencia humana.

Éste es el motivo por el que nos dirigimos hoy a ustedes, para poner de relieve la importancia de este Año del Diálogo Intercultural, para transmitirles parábolas procedentes del mundo natural que afirmen la transcendencia de sus valores humanos. Como institución, el Patriarcado Ecuménico ha vivido durante siglos en un ecosistema relativamente pequeño dentro de una cultura mucho mayor. Por esta amplia experiencia, quisiéramos sugerir la característica práctica más importante para conseguir que los trabajos del diálogo internacional tengan éxito.

Principalmente y por encima de todo, debe haber respeto por los derechos de la minoría dentro de cualquier mayoría. Siempre que se tenga en cuenta los derechos de la minoría, la sociedad será, en su mayor parte, justa y tolerante. En cualquier cultura, siempre habrá un segmento dominante, sea una dominación basada en cuestiones raciales, religiosas o de cualquier otra categoría. La segmentación es inevitable en un mundo tan diverso. ¡Con lo que hay que acabar es con la fragmentación! Hay que acabar con las sociedades cuyos cimientos son la represión y la exclusión. O, como dijo Nuestro Señor y Salvador Jesucristo: Todo reino dividido contra sí mismo será asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no subsistirá.

Nuestro consejo para todos es reconocer que sólo cuando abracemos la plenitud de la presencia compartida dentro de la ecosfera de la existencia humana, podremos enfrentarnos a lo «otro» que nos rodea –mayoría o minoría– con un auténtico sentido de consanguinidad de la familia humana. Entonces acogeremos al extraño entre nosotros no como a alguien ajeno, sino como a un hermano o hermana en la familia humana, la familia de Dios. San Pablo habla sobre la relación panhumana y la hermandad de manera bastante elocuente al dirigirse a los atenienses en el siglo I.

Ésta es la razón por la que Europa tiene que incluir a Turquía en su proyecto y por la que Turquía necesita fomentar el diálogo intercultural y la tolerancia para ser aceptada en el proyecto europeo. Europa no debería ver como a una extraña a una religión que es tolerante y respetuosa con los demás. Las grandes religiones, como el proyecto Europeo, pueden ser una fuerza que trascienda el nacionalismo y pueden incluso trascender el nihilismo y el fundamentalimo si centran su fe en lo que nos une como seres humanos, y fomentando el diálogo sobre aquello que nos divide.

Desde nuestro país, Turquía, percibimos que, al mismo tiempo, se nos da la bienvenida como nuevo socio económico y comercial y, por otra parte, las dudas motivadas por la inclusión como igual de un país que es predominantemente musulmán. Y el hecho es que Europa está llena de millones de musulmanes que han llegado hasta aquí provenientes de todo tipo de contextos sociales y antecedentes; al igual que Europa estaría llena de judíos si no hubiera sido por los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, Europa no sólo tiene que enfrentarse a no-cristianos, sino también a cristianos que no encajan en las categorías de católico o protestante. Contemplar el resurgimiento de la Iglesia ortodoxa en el este de Europa desde la caída del Telón de Acero ha sido una auténtica maravilla para el mundo. La segmentación de Europa del Este ha llevado a la fragmentación en muchos lugares. No sólo no se conserva un centro, sino que apenas es discernible. Mediante este proceso, mientras las naciones luchan por restablecerse, la fe cristiana ortodoxa se ha alzado, más aún que los indicadores económicos, a un nuevo estatus que no se hubiera podido prever hace veinte años.

Uno de los papeles esenciales que desempeña el Patriarcado Ecuménico es asistir en el proceso de crecimiento y expansión que tiene lugar en los países de tradición ortodoxa, manteniéndose firme como norma canónica para la Iglesia ortodoxa mundial, más de un 250 millones de personas en todo el mundo. En este momento, nos gustaría informarles, queridos amigos, de que en octubre –el próximo mes– e invitados por nosotros, todos los jefes de los Patriarcados Ortodoxos y de las Iglesias autocéfalas se reunirán en Estambul para discutir sobre problemas comunes y para reforzar la unidad panortodoxa y la cooperación. Simultáneamente, conmemoraremos los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las Naciones, San Pablo.

En la ciudad (Estambul) se están viviendo con gran alegría y entusiasmo los preparativos de las celebraciones como capital europea de la cultura del año 2010. La ciudad, que posee una larga historia, era el cruce de caminos de miles de personas y en ella cohabitaban diversas religiones y culturas. La semana pasada, asistimos a un almuerzo organizado por el Primer Ministro turco en honor al Presidente del Gobierno de España. Como es de dominio público, ambos son copatrocinadores de la Alianza de Civilizaciones bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Escuchamos sus fantásticos discursos, armónicos con el espíritu diacrónico de tolerancia de nuestra ciudad.

Y ahora, queridos amigos, permítanme concluir mi intervención en francés para honrar a la Presidencia francesa y, también, porque esta semana celebran ustedes el Día europeo de las lenguas, creo que el próximo viernes.

Excelentísimo Señor Presidente, Señorías del Parlamento Europeo, el Patriarcado Ecuménico reafirma su deseo de hacer todo lo que esté en su mano para contribuir a la paz y a la prosperidad en la Unión Europea. Estamos dispuestos a mantener otros diálogos constructivos como el de hoy y escucharemos atentamente los problemas del día.

Nuestro Patriarcado ha cultivado y alimentado, con este mismo espíritu, el diálogo significativo con el Islam y el judaísmo durante los últimos veinticinc años. Hemos mantenido multitud de reuniones bilaterales y trilaterales. En este contexto, nos reuniremos en Atenas a principios de noviembre para reanudar, por duodécima vez, nuestro diálogo académico con el Islam.

Además de estas discusiones, continuamos con nuestras conversaciones teológicas con las Iglesias católica romana, anglicana, luterana y reformada y con las antiguas Iglesias orientales: armenia, copta, etc. A finales de octubre, por invitación del Papa, tendremos la oportunidad, el privilegio, de hablar en la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos en el Vaticano.

Esto debería ilustrar que el Patriarcado Ecuménico participa de manera extremadamente activa en el ámbito del diálogo ecuménico y que pretende contribuir a la mejora del entendimiento entre los pueblos, la reconciliación, la paz, la solidaridad y los esfuerzos por combatir el fanatismo, el odio y cualquier forma de maldad.

Queremos expresar nuestro agradecimiento por esta oportunidad irrepetible de dirigirnos a la Asamblea por segunda vez y rogamos por que todas sus iniciativas reciban la infinita bendición de Dios.

Permítanme expresar desde esta ilustre tribuna mis mejores deseos para todos los musulmanes del mundo, ahora que se acerca la gran celebración del Ramadán, y también a los judíos del mundo en la noche de Rosh Hashanah. Todos somos hermanos y hermanas, hijos del mismo padre celestial y, en este maravilloso planeta, del cual todos somos responsables, hay sitio para todos, pero no hay sitio para la guerra o para quienes se matan entre sí.

Una vez más, gracias de todo corazón por concederme el gran honor y el privilegio de dirigirme a ustedes en el día de hoy.

(Ovación puestos en pie)

 
  
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  Presidente. − Su Santidad, el Parlamento Europeo le ha dedicado una ovación para demostrarle la gran acogida de su discurso. Ha hablado de pax, de paz para la familia humana y para la creación. La paz es la culminación del respeto por la dignidad humana.

No tenemos por qué estar de acuerdo con todas las creencias que existen, y no tenemos por qué aceptar todos los puntos de vista. No obstante, sí debemos respetar a nuestros semejantes. Éste es el núcleo de la dignidad del ser humano, y también el núcleo de la tolerancia.

Con ese espíritu, me gustaría reiterarle nuestro más sincero agradecimiento por su contribución al Año europeo del diálogo intercultural. La suya es una valiosa contribución para el entendimiento entre los pueblos de nuestro continente y de todo el mundo, para la reconciliación, la paz y la libertad.

Muchas gracias, Su Santidad.

(Aplauso)

 
  
  

PRESIDE: Luigi COCILOVO
Vicepresidente

 
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